miércoles, abril 04, 2012

No sé pero valieron como el más largo amor

MOntevideo
Cada mañana por la rambla con mi bicicleta valoro el día, le mido la actitud y el viento a favor o en contra y los estados marinos, la lluvia cuando la hay sobre mi capucha, el sol de frente o perfil según la hora, la luz rabiosa o discreta o triste, el horizonte partido siempre en dos colores, todas las gamas del azul o de los verdes insultantes o de asquerosos marrones revueltos, el plomo de los grises, alguna vez el negro de la tormenta: cada mañana una mañana distinta, cada día un día distinto. A veces incapaz de someter la sudestada entre las ruedas tengo que bajar de la bicicleta y caminar empujándola; otras veces pedaleo tan rápido que no me dura el trayecto ni tres canciones. Así, cada día es un día distinto sin que dependa su gallardía o su deshonestidad ni de su número ni de su nombre, sino de cómo esté colgado en la rambla cuando yo le paso por encima con mi bicicleta. Recuerdo Madrid, recuerdo subir por la calle Lavapiés cada mañana para meterme en el metro para llegar al trabajo. Sin cielo, sin agua, sin rambla. Sin Montevideo. Sin América detrás o debajo de los pies. Recuerdo Tilburg, recuerdo bajar hasta la estación para tomar el tren y cuarenta minutos después aquel tramo de césped que cruzaba siempre descalza, por placer. Sin cielo, sin agua, sin rambla, pero con Europa entre los dedos. Y eso, cada mañana por la rambla o el tren de Tilburg, es el gozo del trayecto. Siempre en cada sitio hay cosas que no te gustan, siempre de cada sitio vas masticando recuerdos tesoros conforme los creas. Siempre en cada sitio te encuentras con la terrible pero pacificadora soledad, con la temida pero tranquilizadora compañía. Pero en la rambla con el día sólo estoy yo, en la rambla con la tarde y el regreso sólo estoy yo. Siempre yo y las lágrimas o una risa de bronce o el sentarse en la piedra hasta que se cae el sol, siempre sacar algo del bolso (un plátano, una galleta, una manzana, una bolsa de papas fritas, un cuaderno, un libro). Siempre algo que salga de mi bolso y que me salve. Letras mías. Sólo mías. Un mundo solo mío, en la rambla, camino al trabajo o camino a ninguna parte, Montevideo enfrente y a los lados, la playa Ramírez que habré caminado descalza y sola, de noche, cuando ya había empezado el otoño o cuando todavía no había empezado el verano. Solo mío lo que vi. Una pareja que empezaba a quererse, se notaba en la manera de escorarse ella contra él, con una botella de vino se acomodaba en la arena de arriba, contra el murallón, los pies bien asentados en la arena. Dos mujeres dejaban velas azules en un hoyo cerca de la orilla, como cuando Iemanjá. Un grupo de muchachos entrenaban y se metían en el agua, vestidos. Montevideo. Esa curvita desde donde se ve mejor Montevideo. Y yo mirándolo desde fuera las cuántas veces que habré paseado, sola o con Lourdes, nunca desde dentro, siempre desde fuera, extranjera, examinadora, con la vara de medir en los ojos y en las manos. Montevideo adonde vine a descansar, a dejar de crear lazos de raso, a estar sola, a que cada día fuera un día distinto del otro sin que se diferenciaran por sus nombres sino por el hueso de su corazón. Y aquí estoy, muerta de miedo porque una vez más no estoy en mi sitio, porque una vez más despertenezco.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Ni idea de qué comentar. No sé ni cómo llegué hasta aquí. Pero es un gusto leerte.

Matías

Loulou dijo...

¡Gracias!