domingo, agosto 19, 2012

Demonios interiores y muertos en pie


Nunca nos recobramos de nuestro lugar de origen. Quizá no haya que recobrarse, sino charlotear un rato con el sitio que nos trastorna, rascarse la mugre con la que hemos tapado tantos años el punto de partida nunca ítaca, sacarse los dolores de la huida y el nombre de los kilómetros y mirarse en el espejo que llevamos años intentando hacer añicos. Siempre hay una lucha contra el bagaje que nos entregan cuando salimos al mundo, que no sólo es la casta y la geografía, también son cosas feas y monstruos de los que no hablaremos hoy aquí. Esa lucha hay que dejarla en tablas algún día, dejar de pretender construirse una vida alrededor de la guerra constante contra lo recibido, dejar de pretender no recobrarse y construirse otros andamios. En ninguna parte somos tan nosotros mismos como cuando estamos rodeados de gente que conoce nuestra filiación y nuestro prontuario y aún así nos recibe (este aún así es la estrella guía que señala que no he entendido absolutamente nada de vivir). Este volver me ha revolcado como ola de poniente, me ha engurruñado el corazón como papel de periódico para encender el fuego, no sólo porque ya llevo demasiados volveres, también por la manera en la que me han recibido las personas allegadas: con amor y emoción y me atrevería a decir con respeto sino fuera tan complicado respetarme a mí, la desastrosa. Ese amor que me deja de una pieza tan sorprendida porque nunca concibo que nadie vaya a tomarse la molestia de seguir queriéndome cuando me voy o que nadie vaya a valorar nada de lo mío como valioso. ¿Es así? Es así. Ahora parece como si en algún tiempo lejano hubiera sembrado cosas que he olvidado haber sembrado con dedicación e interés y esfuerzo en el arado y un poquito de sangre y al volver me las encontrase florecidas y bailantas en el patio de mi casa y yo les extrañe y les cuestione que en mi ausencia hayan podido seguir silbando mi canción. Porque quién soy sino la empeñada en olvidarse de sí misma, la que para enterrar a los demonios que le habitan lo profundo y el por dentro se ha ido enterrando todo lo demás en el viaje y el traslado, quién soy yo sino un gatsby gaviota. Cuando intento nunca recobrarme de mi lugar de origen, enterrarlo en la banquina, siempre siempre las raíces cual raíces del ombú, como muerto puesto en pie que se niega a que lo olvide, vienen a recordarme que para que crezca lo de arriba primero tiene que pudrirse, bajo tierra, la semilla. Me he andado pudriendo las semillas largos largos años, a ver cuándo me toca quedarme quieta a esperar que me broten, verdes, las yemitas.

4 comentarios:

gabriel dijo...

Algo así, Lou. Algo así.

Anónimo dijo...

Volver es más sencillo que todo eso. Se vuelve a los seres queridos y no queridos, a los amigos y conocidos, a los recordados y olvidados, a los que son y están, a los que son y no están, a los alegres y airados, ... Para no volver,mejor no marchar. ¿Qué encuentras de verdad?

Pablo dijo...

No lo sé; y sospecho que, como dice Dolina, nadie ha regresado nunca. El regreso es imposible; incluso si uno opta por la más burguesa quietud vienen los dioses y te cambian el mapa. No queda otra que fluir, aunque sea poniendo cara de que estamos nadando

Loulou dijo...

Es curioso que en algo que escribo sobre el regreso los que me comenten sean rioplatenses. Ya dudo de cuál es mi camino de ida y cuál mi camino de vuelta.