lunes, septiembre 03, 2012

Porque el río nunca vuelve

En Asunción la soledad es otra cosa. Pensaba eso, mientras caminaba por el centro ya amanecido, cuando aún el calor no había empezado a pesar. Me orillaba hacia la plaza donde el ángel desnudo extiende sus alas; saludaba a la tereresera y le pedía que me machacara unos yuyos (karanda’y, jaguarete ka'a, cedrón), que me diera yerba sin menta y una bombilla toda plateada sin cositos dorados. La veía sacar el agua para mi jarra de un cubo de plástico, poner los hielos. Me sentaba en un banco bajo las hojas enormes de los árboles asalvajados y las plantas que en otra latitud lejana no serían más que tristes huéspedes de una maceta y aquí se trepan por la vida y lo que encuentren. Un día convido a tereré a mi vecina de banco y dejo que me pregunte y me sonría. Paraguay. Por la extraña mecánica de mis cosas y de mi desastrado quehacer de sonreírle con luz a todo el mundo, se nos sientan dos chicuelos que andan haciendo encuestas por la plaza a los que andan terereando en la escalinata del ángel o por los otros bancos; les rellenamos varios cuestionarios con personalidades inventadas mientras la guampa del tereré viaja de mi mano a las manos paraguayas. Bajo este sol ellos llevan manga larga, ella incluso un chal tejido, porque aún es el otoño, aún es mayo. Yo me regocijo los brazos al sol; desde el chiflido del viento, la lluvia del temporal y ese desapego triste de Montevideo de los que vengo, este calor me descalza el alma. Pasa el chipasero y compramos chipa. Cómo es ese sabor en la plaza del chipa dulce y caliente y el tereré con yuyos helado. Cómo es el sabor del chicle de canela, del choclo molido en el chipa guasú, el olor de las plantas abrasadas por el calor y protegidas por la humedad, el acento paraguayo que es como un abrazo entrecortado por el cómo que viniste hasta acá. En ninguna otra parte la soledad es esto, este arrellanarse en los otros desconocidos que pasan, esta victoria sobre el daño o el recuerdo, el panteón en mitad de las plazas bajo cuya sombra las señoras tejen bolsos, el zapatero que en mitad de la plaza me arregla el tacón de la bota. Llegarán Ricardo o Alicia a buscarme, iremos al mercado 5 o al Lido, a comer puchero de gallina, sopa paraguaya, pastel mandi'o, lejos de Asunción en sus extensiones más allá, Avenida de España afuera, donde antes yo viví, desde donde llegaba en colectivos altos tan américalatina hasta este centro arrastrando una soledad que era otra cosa y desde la que jamás jamás hablé con la tereresera.

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