sábado, noviembre 23, 2013

May all rush intruder disturb their soft hours


Alejandria

Como has destruido aquí tu vida,
en esta angosta esquina de la tierra,
así la has destruido en todo el mundo.

A veces vienen a buscarme desde lejos los afectos que dejé y a veces llegan a tiempo y a veces me rescatan y a veces me recuerdan mis hermosos desastres y mis remansos prestados, mi tiempo en las orillas ajenas, mi momento artificial de salvaguarda entre las plumas de las madres que el mundo me prestó. Algo pasa que en los últimos días dos madres me han venido a acomodar el pelo y a alisarme la falda y decirme lo bonita y lo mansa que soy por dentro y lo fiera y temible que soy por fuera. Si la paz no fuera para mí como en la canción de Strauss el equivalente de la muerte, cómo me habría quedado en algunos desiertos sociales con los que me han querido y me han dejado hurgarles las cocinas y extender manteles sobre sus mesas. Heme aquí de nuevo tirada en el suelo de la ciudad esperando que me pasen coches por lo alto, esperando chocarme las rodillas en los bolardos de la casualidad. Es mi hambre de extraordinarios la que nunca me deja vivir, es mi amarre a la literatura el que me trastoca esa vida posible de ganchitos en el pelo, siempre tengo que andar desbocada y volver a casa despeinada después de los trajines. Qué candor decir trajines cuando mis trajines son tan de Nada, tan de mirar la ciudad y participarle en sus historias de través, tan de cronista que busca carnecita para su crónica en los bares, los teatros, los conciertos, esas calles cochambrosas. Ain't it sweet, mi pretensión? Deseo coleccionar ese hambre de ir contra lo sucio, contra lo estipulado, coleccionar esa necesidad de salirse del camino o morirse de la pena. Porque deseo siempre un torcimiento en lo real, un quiebre, el accidente que todo lo trastoque un rato, porque quiero coleccionar siempre ratitos trastocados. 

domingo, noviembre 17, 2013

Soy el Robert Walser de esta ciudad cochina

Sagasta bajo la lluvia, cruzo Bilbao, llego a De Ruiz. No entro en el bar, me quedo al lado de la puerta, apoyada en la pared mientras me sigo mojando y no por pose dramática sino por pararme un rato a pensar que estoy en Madrid y que me he caminado Sagasta bajo la lluvia y he pasado por la calle Covarrubias, que Madrid era esto, ésa su intelligentzia grasienta aparcada en las buhardillas de Luchana pretendiendo ser decadencia francesa pero no se puede, señores. Y no es esto de lo que quería hablar sino de empezar el día caminando por Sagasta, o de caminar luego bajo más lluvia con Bea de la cintura Carranza Alberto Aguilera La Palma Conde Duque o por la noche a ritmo de largheto Bravo Murillo Fuencarral Sagasta, la luna arriba y Alonso Martínez con sus patillas tan solo y tan tieso, esa fealdad de pedernal tan madrileña dejándome sitio el domingo por la noche para marcar el ritmo lento sobre las calles llenas de basura sin recoger, Madrid siendo por una vez sí mismo sin ínfula, yo también, en regocijo Madrid y yo, sabiendo cosas, sopesando lo perdido y lo ganado en la partida, agolpándose lento el significado en el silencio lento de abrocharse lento la camisa equivocada. En Sancho Dávila un perro asomado a la ventana me mira pasar. La calle Arenal me deja espacio para pensar (qué vicio pensar) y acordarme de muchas otras noches antiguas en las que salí a pasear por Madrid, espiando las ventanas y ensanchando el paseo en la soledad protegida por la certeza de que nada malo nunca te va a pasar en esta ciudad tan mesa camilla, tan generosa en su chocolate espeso para los tristes. Podría recorrerme Madrid entero esta noche con las manos en los bolsillos, sorteando toda esa basura reconciliadora, escuchando cómo van recuperando mis botas su derecho de suelo, canturreando el Both sides now, sabiendo sabiendo cosas sin tener ni que pensarlas.

jueves, octubre 24, 2013

Eros is lack



Tell me who doesn't love what can never come back
¿Cuál es la relación entre el Fedro de Platón, una canción de The Cure, el dulce de membrillo, un temporal marítimo, el primer paciente oncológico sexy que veo en diez años, las casas abandonadas de la calle Bergantín? Yo. Yo soy el nexo entre todas estas cosas por las que he transitado hoy. Yo soy esas horas en la sala de espera, acordándome otra vez de esa parte de La montaña mágica en la que Hans Castorp piensa en la obscenidad de que todos esos podridos por dentro anden andamiando sociedades y ánimos festivos. Allí estaban todos en la sala repleta, sentados con sus goteros como señoras en la peluquería: mujeres temblorosas maquilladas como para su propia boda con sombreros recién estrenados o pañuelos atados pretendiendo ser coquetería y no miedo; señores tristes abrazados a la muerte; lo feo, la luz insoportable, el runrún de las dos televisiones puestas, las enfermeras haciendo como que sí. Y yo agarrada a mi libro amarillo sobre el Deseo, mi libro amarillo sobre la Ausencia, la Falta, el Dolor, el Placer inalcanzable, mi libro sobre escribir, mientras mi madre se aferraba al ínfimo cacho de hígado sano que le queda. We cling on by our nails to this sweet disaster.
Siempre de alguna manera luego nos espera el océano allí al borde del rompiente a la bicicleta y a mí, allí donde nos tiramos sobre la yerba contra un poste con los libros. Ahí están los bordes de mi deseo, dentro de los bordes de los libros, en su dentro que anhelo, en sentarme frente al Atlántico a mirar hasta desgastarlo todo. Pero los comienzos andan creciéndose como comienzos y me dejan ver lo que me falta y las trampas de mantenerme a salvo que ando haciendo hace mucho. El deseo es siempre el riesgo de no alcanzar y el amor terrible y enganchador por ese riesgo y por el enganche amoroso a no llegar nunca. Por eso luego al lavar membrillos y sacarle la pectina a golpe de agua hirviendo a las pieles y a las semillas que no tienen gusano y cocer la pulpa en ese agua, dejar que me salpique luego la carne de membrillo azucarada cuando la muevo con la cuchara y me queme las manos porque sigo coleccionando cicatrices, sé que estoy dejando de hacer trampa, que de alguna manera al transformar todos esos kilos de fruta arrancada de su árbol en un potingue marrón que alguien se comerá con deleite estoy atreviéndome al riesgo, que de alguna manera ahora veo que sí que quiero intentar saber qué pasaría si estuviera de nuevo viva, igual que cuando pelé la fruta hasta encontrarle lo podrido o la exquisita tersura a las semillas sanas.
Nos queda toda la noche por delante, la noche del paciente desahuciado que no quiere que lo desahucien y se agarra a cualquier dolor insoportable y a cualquier pena por una boqueada más de Ausencia, de Falta, de Placer inalcanzable. Como todos. Nos queda por delante la noche del miedo ajeno, pero al menos yo he dejado de vivir dentro del libro amarillo y tengo todas esas canciones pop que hablan de la ausencia, de la falta, del placer que nos provoca todo ese dolor de no alcanzar lo inalcanzable.

domingo, octubre 20, 2013

Pantone 355

pantone 352
A veces el devenir te inflige sus actos de venganza quién sabe por qué razones. Otras veces decide darte asueto e incluso regalos, y aunque nos queda claro que hay que temerle a los regalos del devenir, que al fin y al cabo es un invasor, a quién no le gusta caminar un día y que todo se vaya convirtiendo en un escenario parecido a ése en el que Gene Kelly acompaña a Cyd Charise a ser sublime dentro de su vestido verde esmeralda. Alguien sueña muy lejos, en otro continente, que cambiante caminas por un monte lleno de verde y te lo cuenta. Decides estrenar en celebración de ese verde soñado mexicano una camiseta verde césped que compraste hace una semana y ese día te encuentres multiplicado el mismo verde a tu paso, como si le hubiesen encendido la alarma del verde a los asistentes invisibles del atrezzo universal. En el perchero de detrás de alguna puerta cuando la cierras hay un abrigo de entretiempo de ese verde; llegas de visita a una casa donde una madre y una hija llevan camiseta y blusa con ese exacto mismo verde; vas a tomar el té a otra casa: Alex se ha comprado un reloj de pulsera verde como el trigo verde y la hiedra de su jardín se deja incidir especialmente verde con la luz que atraviesa el nublado, los pastelitos de nata se posan sobre un plato verde; haces tu trayecto cotidiano hasta la casa de tus padres y al subir la bicicleta a la acera mugrienta te fijas por primera vez en un corazón pintado en el suelo con spray, sí, verde; en la casa tu hermano está jugando al Pro Evolution con una camiseta nueva de ese tu verde; en el telediario sale gente vestida de verde por la huelga de educación; te han traído de la tintorería el vestido verde yerba de Hoss Intropia que compraste en el verano; te pasan a buscar para ir a un concierto y los remates de la blusa de la que te abre la puerta del coche son verdes; el forro de terciopelo de la funda del instrumento del músico suizo, verde.
Los prodigios no se repiten, los prodigios son irreversibles y aún así no hay que abusar de ellos, hay que respirarlos y dejarlos marchar por su camino, que los asistentes invisibles del atrezzo universal recojan con sus carritos el despliegue y seguir hasta el otro día, el día siguiente en que no se repetirá ni una sola vez ningún rasgo de ese verde por el que alguien te soñó en otro continente.
El que soñó contigo te dijo: en el sueño la cambiante habla consigo, se consuela, se dice que no es necesario definirse ni reducirse. Es como si hubiera sido su enemiga y ya no. Llevo siendo enemiga del mundo y de mí misma tanto tiempo. Y ya no.

sábado, octubre 19, 2013

Me pongo estos zapatos porque son una declaración

Una noche en el descanso de un concierto que di en Madrid me presentaron de entre el público a un muchacho magnífico que me dio su tarjeta y me contó que diseñaba zapatos, que había montado una fábrica en China, así como quien te cuenta que el bacalao al pil pil le sale estupendo. También me dijo que le gustaban mucho los zapatos que yo llevaba, aquellos tacones color cereza que usaba sólo para cantar de los que me deshice luego, antes de irme a vivir a Paraguay. Volvimos a vernos algunas veces, pero eso es otra historia. Hace muchos años de esto y lo recuerdo con ese fulgor de las navidades pasadas, con esa bruma de cierta vida que a veces no sé si realmente tuve y que desde aquí se ve desenfocadamente mística. Hoy una amiga a la que conocí mucho después de aquella temporada de escenario me ha regalado unos zapatos de tacón de ésos que te pones cuando necesitas estar muy segura de lo que eres o al menos de un cacho de tu personalidad, en alguna de esas ocasiones en las que necesitas definirte con insistencia hasta llegar a convertirte en la definición; ese tipo de zapatos-estrategia que te pones para conquistar un terreno concreto y delimitado, una colina-propósito. La marca de los zapatos: la de aquel muchacho que me dijo hace muchos años que le había emocionado tanto tanto mi voz. Ahora cuando yo lleve sus zapatos también le deberé a él alguna emoción. Estamos a mano.

Much much safer in your castle, mine got lost somewhere

Hace noches que no duermo. (Así empezaba una canción que cantaba mi hermano pequeño cuando era pequeño. Yo últimamente siempre canto las mismas dos canciones. Debería existir un registro biográfico musical, el poder descriptivo del repeat o algo así se llamaría.) Dejo que el insomnio me tumbe y ni opongo resistencia, él como entidad abstracta que es siempre va a ser más poderoso que yo.
El Gato Calígula se enfada cuando me levanto por la noche y me pongo a escribir en la cocina. Curioso, si me quedo leyendo a Canetti en la cama como una enamorada tísica no se queja. Ahora anda tirando cosas por ahí dentro por los cuartos con su patita negra para expresar su descontento pero me puse los auriculares para escuchar mis dos canciones del momento y por mí como si arrastra con su rabia el reverbero de la abuela.
Quedarse despierta de madrugada tiene sus ventajas, algunas tienen que ver con los husos horarios: mi sobrina patagónica me dice con su vocecita tita, tita, qué linda estás, Javier Raya me habla a veces antes de irse a la calle peligrosa mexicana. El poder evocador de la voz. Ya he hablado de eso alguna vez, no abundaré sobre todo porque no soy capaz ya de tomarme en serio el conjuro verbal del sentimiento, basta ver esta descripción burocrática de algo que en alguna parte seguramente me conmoverá más de lo que mi ataraxia autoimpuesta podría admitir, así que prefiero la palabra escrita porque muerde más bajito y a veces hasta redime. Pocas veces, cierto, pero pocas veces ya es un a veces. Y ésa es otra de las ventajas de la madrugada, las horas quietas y ese silencio ensordecedor y único de las cuatro de la mañana, de justo antes de que el mundo empiece a despertarse con su obscenidad ruidosa y su falta de cuidado con los que nos hemos pasado la noche intentando hacer puzzles de palabras que quieran quedarse las unas al lado de las otras. El canto de esos pájaros cochinos significa que hay que cerrar el cuaderno y dejar a los muchachos del libro que no quiere escribirse solo dormir hasta mañana. Ojalá vinieran los pájaros con sus alitas a cerrarme a mí los ojos y dejarme también morir hasta mañana.

viernes, octubre 18, 2013

Mi corazón, ese conejo

Vengo al puerto deportivo y me siento en las gradas del anfiteatro. Dejo tirada en el suelo mi bicicleta que cada día parece más un insecto cibernético y asmático, un armatoste dejado atrás en una desbandada de algún apocalipsis futuro. Me quito las sandalias. Subo las piernas al cemento pintado de blanco. Se me apaga el móvil y me quedo sola frente al mar y frente a todo lo demás. Temo los meses por venir de no poder llevar las piernas desnudas al sol, la certeza del invierno y del encierro. Mi corazón, ese conejo. Mi corazón prisionero alborotado, apretujado y chiquito en su jaula se sosiega con la cualidad sonora de los cabos golpeados por el viento contra los mástiles; el sol y el agua contra los cascos de los barcos; el silencio al fin, lejos del aire ensuciado de palabras de las terrazas de los bares, llenos los domingos de gente que malbarata y prostituye el lenguaje en frases huecas, frases que si no fueran dichas no pasaría nada, frases que no podrían servir como famosa última frase. Y aquí sin embargo la soledad silenciosa se suspira de contento.
Pasan cosas. No sabes si tú las provocaste, pero te gusta pensar que no, que nacieron fuera de ti y que se fueron arrastrando y alargando y alcanzándote solas hasta llegar y chocar contigo, en ese estado gemelo, en esa longitud de onda idéntica y zumbante que viene cabalgándose desde otro lado del mundo. Universo, no seas equívoco. A veces nos gusta creer que nos merecemos la sincronía y la serendipia y los actos mágicos en la realidad. Quién quiere realidad si tiene que ser así de feamente real, falta de brillo y de cuerpos celestes que chocan contra tus horas. Como cuando el mar se pone de ese color blanco de plomo o mercurio líquido o directamente plata mexicana y el sol estalla en el cielo celeste y te deslumbra y te alegras de que sea aún el verano y de que te llegue el ruido de la rompiente y sepas clara y distintamente que eres la única que mira, que todo está actuando en su escenario para que tú lo veas. Así es este baile ciego que hace rato que veo avanzar en su contradanza. Así ese momento que llegará en el que ocuparé un rato el centro de mi propia pista, yo la voyeuse, yo la muchacha arrinconada, yo la Jo March de esto. Universo, ven a subir tus dedos por mis piernas.

El crocotar de la cigüeña

En el silencio de las doce de la noche paso por la catedral iluminada de naranja. La plaza está desierta. El camarero que anda guardando las sillas de la terraza del bar Aurora no cuenta porque está pensando en la vida y no tiene ni ojos ni oídos para esa medianoche de la plaza o para las cigüeñas que arriba en los chapiteles empiezan de pronto a crotorar. La noche silenciosa y sola salvo por el ruido de las cigüeñas me llena de alegría porque estoy pasando por ahí justo a esta hora medianoche y soy el único testigo de los postigos cerrados de las casas, de la calle Santa Lucía y la calle Pagador en toda su largura solas sin nadie, la alegría del trayecto que me queda por delante que no sé cómo explicar. Me acuerdo de pronto de las noches montevideanas en las que aún hacía calor y yo no quería volver nunca a casa y vagabundeaba subida en la bicicleta por la oscuridad bajo los castaños de Indias y las calles mal iluminadas y peor pavimentadas. El viento similar, la felicidad súbita que a veces nace de andar de noche por la calle para ti sola. Algo que sube del asfalto soledad, del perder la prisa, del saber que estás a salvo porque los habitantes están dormidos hace rato tras los postigos cerrados de las casas.
Yo pensaba anoche que volvía por la calle desierta si quedarme un rato sentada en un banco escuchando a las cigüeñas crocotar me di cuenta de que sería tanto mejor imaginarme que me sentaba mientras me iba a casa de esas estampas de Loulou a medianoche en bicicleta recorriendo la ciudad sin nadie ya tengo muchas repetidas igual me gustó el paseo de anoche, pero es eso como ya sé cómo termina la historia y soy la escritora y la protagonista, me voy a buscar otra historia.

jueves, octubre 17, 2013

Meeresstille und Glückliche Fahrt

Toda la vida he ido robando cosas; he entrado en huertos ajenos, buscando cosas que quisieran luego pertenecerme una vez arrancadas de su árbol primero. Libros ajenos, músicas ajenas, armarios ajenos, brazos ajenos. Y no es de urraca sino de madre solícita mi actitud, porque luego todo lo devuelvo, me quedo con el fulgor de haber poseído un rato algo y haberle dejado impregnado mi roce mi allure y seguir camino, las cosas en su árbol, perplejas de mí, yo rebuscando con los ojos a través de otras cancelas. No hay casa para mí porque no hay casa que yo haya construido, así es como es. Y las casas que construí son castillos españoles que no perdí porque al perderlos ellos mismos me dieron más: poder mirar de lejos y construirles la novelería alrededor, las hojitas del adorno.
Pero ya soy mayor: sólo me hago trenzas para dormir y no para ir a la calle. Ahora me tocaría a mí tener una casa y un jardín y que vinieran a robarme las manzanas. Ah, monstruosa.


jueves, septiembre 26, 2013

Human voices wake us, and we drown


Cuánto tiempo llevo viviendo sobre premisas falsas. No sé si preguntarlo o exclamarlo. Toda la vida, claro. Y sé con toda certeza que no tiene arreglo y que ya es tarde para todo. No sirve lo que creo haber estado sabiendo, no sirve lo que creo haber sabido. A veces ya esto me habrá pasado y me habrá parecido igual de insoportable, pero ahora, en este ahora, de pronto descubro el error profundo profundo que llega hasta el fondo de la Tierra. Es como heredar una casa tan en ruinas que hay que derribarla entera y sacar los cimientos y empezar de nuevo sabiendo que no aguantará en pie una semana porque vendrán vendavales maremotos zapadores la caballería. Y una (yo) ya no puede meterse en esas harinas. Quisiera correr correr durante años, pero sé que por mucho que corra no voy a llegar a ningún lugar mágico donde me estén esperando a mesa y mantel. Todos los trastornos me conducen siempre delante de la misma puerta, una y otra vez. Las muchas que he sido o las muchas que soy son sólo una: una chiquilla asustada que llora escondida detrás de una puerta o resguardada dentro de un armario sabiendo que vienen a por ella y que no tiene manera de defenderse, que habrá de pasar por un momento terrible y luego otro momento terrible y así hasta la calma pequeña entre los horrores. Cada vez es más pequeña y tenue esa calma, aunque a los horrores ya no les demos tanta cancha. Estoy tan agotada de saber que por mucho más que permanezca o me desplace o esté dispuesta a quedarme en pie para recibir el puñetazo no habrá nunca para mí un tiempo no ya de gloria sino de tregua. Mi vida es una masa viscosa nada moldeable, inextensible, sin orden ni concierto, la peor improvisación, un daño y otro daño y yo venga a correr y a correr para aterrizar indefectiblemente en los brazos matadores del que me maltrató primero y me negó para siempre la posibilidad de la posibilidad. No puedo ya saber siquiera si cuando creo estar haciendo bien mis deberes y llevar derecho el moño sé lo que significan bien y derecho. No puedo ya saber si ese bien y ese derecho me salvaguardarán de algo. No quiero estar más a merced de los dolores. Todas estas que somos nos miramos las unas a las otras y podríamos abrazarnos, pero sólo, y lo sabemos, antes de ahogarnos.

Lo único a lo que temo es a que no pase nada

Justo antes de tener que enfrentarse a las tormentas nuevas nace ese hambre enorme pero tranquilo, el ansia de los problemas nuevos, el ansia de medirse ante las adversidades nuevas, la tormenta diferente, las vallas recién pintadas flamantes que te colocan delante. Quiénes. Quieres lanza y quieres escudo y quieres enemigos o adeversarios ante los que arrojar las armas y desnudarte sin rendirte. No entiendo otro idioma más que la batalla, no conozco otra ley, otro mundo. Yo, lugarteniente. Tal vez sí, ahora no ando buscando pelea sino codos. Estoy desenvolviendo mi personalidad aletargada. Tengo miedo y por eso ando sujetada y seguiré sujeta, lo prometo, pero quiero medirme un poco con el fuera. Con bozal pero medirme, sin luchar, jugando con la arena, dibujando corderos. Lo único a lo que temo es a que no pase nada. 

lunes, agosto 12, 2013

Ven, Miguel


De Gabriel Celaya  para Miguel Hernández
Han llamado a la puerta, y no, no era Miguel 
tampoco esta vez. ¿Por qué no viene, por qué 
es imposible que venga? Le estoy esperando siempre 
para hablar como tan sólo podría hablar con él. 
¡Le necesito tanto! Porque él resolvería 
con un solo zarpazo lo que no logro entender. 
Han cambiado los tiempos, ¡vaya si lo sé!, 
y ahora está tan de moda jugar al ajedrez 
que añoro aquella furia solar y aquel tajante 
distinguir al íbero toro del manso buey. 
Barajo y más barajo sus versos abrasados 
mas su verdad radiante despierta aún más mi sed 
de tenerle aquí al lado, para luchar, y ser.

lunes, julio 08, 2013

Ciudad nueva


De Álvaro de Campos, mal traducido por mí
¡Ah, los primeros minutos en los cafés de las ciudades nuevas!
¡La llegada por la mañana al muelle o las estaciones
Llenos de un silencio reposado y claro!
Los primeros transeúntes en las calles de las ciudades a las que se llega…
Y el sonido especial que el correr de las horas tiene en los viajes…

El aspecto nuevo de las calles de las tierras nuevas…
La paz que parecen tener para nuestro dolor
El bullicio alegre para nuestra tristeza
La falta de monotonía para nuestro corazón cansado...
Las plazas nítidamente cuadradas y grandes,
Las calles con las casas que se acercan al fin,
Las calles transversales revelando intereses súbitos,
Y a través de todo esto, como una cosa que inunda y nunca se desborda,
El movimiento, el movimiento
Rápida cosa colorida y humana que pasa y permanece...

Los puertos con sus navíos quietos.
Navíos espantosamente quietos,
Con barcos pequeños al costado esperando...

sábado, junio 29, 2013

Lisbon revisited, 1926


De Álvaro de Campos, claro
Nada me une a nada.
Quiero cincuenta cosas al mismo tiempo.
Ansío con una angustia de hambre de carne
Lo que no sé que sea—
Definidamente por lo indefinido...
Duermo inquieto, y vivo en un soñar inquieto
De quien duerme inquieto, mitad soñando.

Me cerraron todas las puertas abstractas y necesarias.
Corrieron las cortinas de todas las hipótesis que yo pudiera ver en la calle.
No hay en el callejón hallado el número de la puerta que me dieron.

Desperté en la misma vida en que me había dormido.
Hasta mis soñados ejércitos fueron derrotados.
Hasta mis sueños se sintieron falsos al ser soñados.
Hasta la vida sólo deseada me harta —hasta esa vida....

Comprendo a intervalos confusos;
Escribo por lapsos de cansancio;
Y un tedio que es hasta del tedio me arroja a la playa.

No sé que destino o futuro compete a mi angustia sin timón;
No sé qué islas del imposible sur, náufrago me aguardan;
O qué palmares de literatura me darán al menos un verso.

No, no sé esto, ni otra cosa, ni cosa alguna...
Y, en el fondo de mi espíritu, donde sueño lo que soñé,
En los campos últimos del alma donde memoro sin causa
(Y el pasado es una niebla natural de lágrimas falsas)
En los caminos y los atajos de las florestas lejanas
Donde supuse mi ser,
Huyen desmantelados, últimos restos
De la ilusión final,
Mis ejércitos soñados, derrotados sin haber sido,
Mis cohortes por existir, destrozadas en Dios.

Otra vez te vuelvo a ver,
Ciudad de mi infancia pavorosamente perdida...
Ciudad triste y alegre, otra vez sueño aquí...
¿Yo? ¿Pero soy yo el mismo que aquí viví, y aquí volví,
Y aquí torné a volver, y a volver,
Y aquí de nuevo torné a volver?
¿O somos todos los yo que estuve aquí o estuvieron,
Una serie de cuentas -seres ligados por un hilo- memoria,
Una serie de sueños de mí de alguien de fuera de mí?

Otra vez te vuelvo a ver
Con el corazón lejano, el alma menos mía.

Otra vez te vuelvo a ver —Lisboa y Tajo y todo—
Transeúnte inútil de ti y de mí,
Extranjero aquí como en todas partes,
Casual en la vida como en el alma,
Fantasma errando en salas de recuerdos
Al ruido de los ratones y las tablas que crujen
En el castillo maldito de tener que vivir...

Otra vez te vuelvo a ver,
Sombra que pasa a través de sombras, y brilla
Un momento a una luz fúnebre desconocida,
Y entra en la noche como un rastro de barco se pierde
En el agua que deja de oírse...

Otra vez te vuelvo a ver,
Pero, ay, ¡a mí no me veo!
Se quebró el espejo mágico en que me veía idéntico,
Y en cada fragmento fatídico veo sólo un pedazo de mí-
¡Un pedazo de ti y de mí!...

jueves, mayo 23, 2013

De Rodrigo García



Uno retoca hasta tal punto
lo que cree que ha vivido,
que nadie debería afirmar
en realidad haber experimentado
gran cosa
Lo vivido no existe, existe
el comentario de aquello vivido
los retoques, lo borrado con el 
codo, la tinta derramada,
la aparente ligereza o la aparente
gravedad de un hecho
¿Quién ha vivido
sino en espejos?

martes, marzo 26, 2013

No morir en cama


 De Héctor Viel Temperley
He decidido no morir en cama
por muchas cosas importantes,
porque tengo malos recuerdos de cama,
por el asma en la cama
y porque existe el mar, por ejemplo,
el mar que tiene un cinturón de espuma
de cien metros o más
de ancho algunos días,
uno, dos, tres, cuatro,
cinco rompientes
para caerse y levantarse,
tan seguidas que ni hombre ni mar
hallan instante
de arrojar la herradura
de espuma de sus hombros,
celda de espuma, sello
que al fin salta en pedazos.

He decidido no morir en cama
ni aun como mar abierto
en una cama.
Aunque termine el tiempo
de jugar al león sobre la arena,
junto a los hijos o a la hembra
sobre la seca arena,
he decidido no morir en cama
porque no sé para qué sirve 
ese morir en cama, 
no sé para qué sirve
ese morir de cara al techo.

(Yo no sé, por ejemplo,
por qué hay sacerdote
a la hora de morir
y no hay sacerdote
a la hora de nacer.
Por qué, si no se nace
jamás
para quedar
de cara a un techo.
Lo sé yo que he nacido
de verdad una vez,
una vez y otra vez,
un cinturón de veces,
de celdas y de sellos
de espuma hechos pedazos).
Aunque termine el tiempo
de la tierra firme,
ay, muy a mi pesar, porque en la tierra
firme
hay sombras muy profundas
que perfuman las violetas,
he decidido no morir en cama.
Total, para dormir
después de haber llorado
no hace falta una cama;
basta un tronco de árbol
para apoyar la espalda
y dormir, después de haber llorado.

Uno, dos, tres, cuatro,
cinco veces o siempre
yo jugaré al león
junto a las olas,
haré reír a la hembra o a las hembras
o a los muchos cachorros,
que podrían ser más, que podrían ser más...
Pero morir en una cama, no.
Por cosas como el asma,
por cosas como el techo,
por cosas como el alma,
que no muere.

miércoles, enero 30, 2013

Loulou baila (Una estructura de sombras en el continente americano)

                                                                                                                             
                                                                           Transformado de un Roberto Bolaño para Javier Raya
Loulou baila
Loulou llega a pueblos limítrofes en horas oscuras
Loulou no tiene dinero, malgasta el dinero, busca un poco de dinero en habitaciones minúsculas y húmedas
Loulou no usa pijama
Loulou anda con hombres duros que tienen vergas grandes y duras que el tiempo va cuarteando y emblandeciendo
Loulou coge sus vergas con una mano para que meen largamente sobre acantilados y desiertos
Loulou viaja en trenes de carga por los grandes espacios de Norteamérica
Los grandes espacios de las películas de serie B
Películas violentas en donde el alcalde es infame y el sheriff es un hijo de puta y las cosas van de mal en peor
Hasta que aparece Loulou disparando a diestra y siniestra
Pechos reventados por balas de grueso calibre se proyectan
Hacia nosotros
Como hostias de redención definitiva
Loulou hace el amor con camareros
En habitaciones masculinas suciamente decoradas
Y se marcha antes de que amanezca
Loulou viaja en transportes miserables por los grandes espacios de Latinoamérica
Loulou comparte el paisaje del viaje y la melancolía del viaje con cerdos y gallinas
Atrás quedan bosques, llanuras, montañas como dientes de tiburón, ríos sin nombre, esfuerzos vanos
Loulou recoge las migajas de la memoria sin una queja
He comido, dice, he culeado, me he drogado, he conversado hasta el amanecer con amigos de verdad
¿Qué más puedo pedir?
Loulou deja a sus hijos desperdigados por los grandes espacios de Norteamérica y Latinoamérica
Antes de recibir con el rostro vaciado de esperanza la visita de la Flaca, de la Calaca
Antes de recibir con el rostro arrugado por la indiferencia la visita de la Madrina, de la Soberana
De la Pingüina, de la Peluda, de la Más Fea del Baile
De la Más Fea y la Más Señalada del Baile

martes, enero 29, 2013

La llamaban Lou



De Guillaume Apollinaire, traducido por mí 
Hay lobos de toda clase
Conozco al más inhumano
Mi corazón, que el diablo se lleve
y deje ante su puerta
es sólo un juguete entre sus manos.

Los lobos en otro tiempo eran fieles
como lo son los perritos chicos
y los soldados amantes de las bellas
galantes en honor a ellas
Igual de gratos que eran los lobos

Pero ahora los tiempos son peores
Los lobos tigres se han vuelto
y los Soldados y los Imperios
Los Césares Vampiros vueltos
Son tan crueles como Venus

Tomé mi decisión a lo Rouveyre
Y monté en mi gran caballo
Pronto me iré a la guerra
Sin piedad casto y la mirada severa
Como esos guerreros de los que Epinal

Vendía Imágenes populares
Que Georgin grababa en madera
Donde están esos guapos militares
Soldados pasados Dónde están las guerras
Dónde están las guerras de antaño

domingo, enero 20, 2013

Operación Shylock

Rodearse de libros o de violines sonando porque en las personas no encuentras la misma paz o el mismo agarre o el mismo sacudimiento y chispa y yesca y disparo o por qué no decirlo, la misma respuesta. La soledad puede ser no tener a quién decirle que un día en una cafetería Philip Roth te salvó la vida sin que te considere pretenciosa o imbécil o sin que piense que intentas alardear. ¿Alardear? Es mi mundo verdadero, ése, un mundo en el que lo normal son frases que llevan el momento hasta su crisis. Así veo yo las cosas de retorcidamente y no puedo decirlo en voz alta. Ése es el exilio interior. El exilio exterior: esa manera mía de vivir buscando aventuras absurdas y catástroficas, haciéndome la Indiana Jones de chichinabo, como para lograr hacerme asequible a la respuesta de los otros. Pero no, estoy cada vez más sola porque destrozo las posibilidades. Todos estamos solos, dicen, pero incuestionablemente unos estamos más tristes y menos a salvo que otros. Podrida anchura o enfermedad mental que me hace aburrirme en todos lados. Por eso tengo que elegir: o enfrentarme siempre a la realidad desde una hoja de papel o un micrófono y morir de la alegría, o habitar el mundo con frivolidad y mesura y morir de la pena. No estoy hecha para vivir con los otros, aunque haya sido los colmos de la casas llenas y las cenas multitudinarias y las horas felices en la cocina para vosotros o de la divez y la carne de escenario (¿era yo, la que cantaba allá subida?) Me tropiezo, soy torpe y desmañada, me dan un amor y me desvivo y me convierto en una intensa asalvajada; soy capaz de las más grandes piedades y los más grandes arrojos y teresadecalcutismos y marypoppincismos pero luego me agoto y empiezo a hacer cosas raras. Por eso, opto por la pantalla protectora de papel. Igual que algunos usan como escudo la seguridad de sus vidas y el camino trillado, yo tengo que abandonar mis carreteras y mis mantas y mis países extranjeros por unos muros en los que atrincherarme contra mí misma suelta por el mundo. Enjaulad a la fiera Loulou, salvaos de su drama.

martes, enero 08, 2013

La fiesta del nudo Windsor


Cómo será eso de hablar de amor sin ponerse cursi, sobre todo cuando el amor se ha ido convirtiendo en otra cosa con los años o no con los años, cuando el amor es algo que se encuentra un rato en el camino y hay que extraerlo como a la flor del azafrán. Lo milimétrico siempre tiende a la lírica. Cómo decir. Los que viven su vida en una estación y reciben a los trenes, ¿cómo podrían saber lo que siente el viajero dolorido cuando llega a sus cortinas con entredós y a sus macetas en las ventanas, a la taza de té?  Porque el que ama en el camino ama a los que tienen casa y no a los otros caminantes. Y el amado qué sabe de la prisa o de la necesidad perentoria si siempre tiene otro día por delante para su casa y sus macetas y para decidir si quiere aspirar un aroma, uno solo, de su casa. El amor en el camino para el que camina no tiene más remedio que aspirar hasta el fondo todos los aromas de la casa del amado. Cómo explicarle a ése cuya vida está siempre flotando en un absoluto presente, en la misma posibilidad eterna del ahora igual sin que se sienta sojuzgado en su manera de vivir por mí, la que no se queda. Yo, que soy lo que llega, que soy lo que se va, sólo vivo para preguntarme qué rastro dejaré a mi paso, qué huella de mi aroma quedará en las almohadas de sus casas aduana, para esperar que escriban versos a mi paso, que es la única manera que tengo de permanecer. Sin tu isla en el tiempo, querido, yo no puedo seguir, no tengo razón para seguir; me quedaría sin sitio atesorado ni ahoras que evocar por el camino. Seguir. Por qué no permanezco. No porque sea ave migratoria, en el fondo mi exilio elegido no se aposenta en el lujo del viaje sino en la tristeza de la despertenencia: cada vez que intento quedarme todos están esperando mi partida. En su corazón, la puerta de salida para mí siempre está abierta. Cómo explicar. Jaulas, jaulas. No saben que para retenerme basta la intención. Me cuesta mucho querer verdaderamente, pero cuando quiero quiero convertirme en la mujer del aduanero, ser la que cuelga las cortinas y les cose el entredós, ser la que le peina el cabello a los niños y pertenece a los patios y a las plantas, la que permanece y construye la alegría en el ahora, una mañana tras otra mañana, quiero que el tiempo deje de dividirse en horarios de trenes, aviones y autobuses y se queda estancado en un reloj que marcara perenne la misma hora. Quiero ser yo la que le prepara el té a los que están de paso. Pero nunca me tienen fe, y me miran raro, mientras piensan: ¿cuánto tiempo se quedará? Nunca me dejan permanecer en lo chiquito, me reservan el lado de la grandilocuencia, la silla del invitado, l'amour fou, los versos. Siempre siempre me dejan abierta la puerta de la jaula.