martes, enero 08, 2013

La fiesta del nudo Windsor


Cómo será eso de hablar de amor sin ponerse cursi, sobre todo cuando el amor se ha ido convirtiendo en otra cosa con los años o no con los años, cuando el amor es algo que se encuentra un rato en el camino y hay que extraerlo como a la flor del azafrán. Lo milimétrico siempre tiende a la lírica. Cómo decir. Los que viven su vida en una estación y reciben a los trenes, ¿cómo podrían saber lo que siente el viajero dolorido cuando llega a sus cortinas con entredós y a sus macetas en las ventanas, a la taza de té?  Porque el que ama en el camino ama a los que tienen casa y no a los otros caminantes. Y el amado qué sabe de la prisa o de la necesidad perentoria si siempre tiene otro día por delante para su casa y sus macetas y para decidir si quiere aspirar un aroma, uno solo, de su casa. El amor en el camino para el que camina no tiene más remedio que aspirar hasta el fondo todos los aromas de la casa del amado. Cómo explicarle a ése cuya vida está siempre flotando en un absoluto presente, en la misma posibilidad eterna del ahora igual sin que se sienta sojuzgado en su manera de vivir por mí, la que no se queda. Yo, que soy lo que llega, que soy lo que se va, sólo vivo para preguntarme qué rastro dejaré a mi paso, qué huella de mi aroma quedará en las almohadas de sus casas aduana, para esperar que escriban versos a mi paso, que es la única manera que tengo de permanecer. Sin tu isla en el tiempo, querido, yo no puedo seguir, no tengo razón para seguir; me quedaría sin sitio atesorado ni ahoras que evocar por el camino. Seguir. Por qué no permanezco. No porque sea ave migratoria, en el fondo mi exilio elegido no se aposenta en el lujo del viaje sino en la tristeza de la despertenencia: cada vez que intento quedarme todos están esperando mi partida. En su corazón, la puerta de salida para mí siempre está abierta. Cómo explicar. Jaulas, jaulas. No saben que para retenerme basta la intención. Me cuesta mucho querer verdaderamente, pero cuando quiero quiero convertirme en la mujer del aduanero, ser la que cuelga las cortinas y les cose el entredós, ser la que le peina el cabello a los niños y pertenece a los patios y a las plantas, la que permanece y construye la alegría en el ahora, una mañana tras otra mañana, quiero que el tiempo deje de dividirse en horarios de trenes, aviones y autobuses y se queda estancado en un reloj que marcara perenne la misma hora. Quiero ser yo la que le prepara el té a los que están de paso. Pero nunca me tienen fe, y me miran raro, mientras piensan: ¿cuánto tiempo se quedará? Nunca me dejan permanecer en lo chiquito, me reservan el lado de la grandilocuencia, la silla del invitado, l'amour fou, los versos. Siempre siempre me dejan abierta la puerta de la jaula.

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