jueves, octubre 24, 2013

Eros is lack



Tell me who doesn't love what can never come back
¿Cuál es la relación entre el Fedro de Platón, una canción de The Cure, el dulce de membrillo, un temporal marítimo, el primer paciente oncológico sexy que veo en diez años, las casas abandonadas de la calle Bergantín? Yo. Yo soy el nexo entre todas estas cosas por las que he transitado hoy. Yo soy esas horas en la sala de espera, acordándome otra vez de esa parte de La montaña mágica en la que Hans Castorp piensa en la obscenidad de que todos esos podridos por dentro anden andamiando sociedades y ánimos festivos. Allí estaban todos en la sala repleta, sentados con sus goteros como señoras en la peluquería: mujeres temblorosas maquilladas como para su propia boda con sombreros recién estrenados o pañuelos atados pretendiendo ser coquetería y no miedo; señores tristes abrazados a la muerte; lo feo, la luz insoportable, el runrún de las dos televisiones puestas, las enfermeras haciendo como que sí. Y yo agarrada a mi libro amarillo sobre el Deseo, mi libro amarillo sobre la Ausencia, la Falta, el Dolor, el Placer inalcanzable, mi libro sobre escribir, mientras mi madre se aferraba al ínfimo cacho de hígado sano que le queda. We cling on by our nails to this sweet disaster.
Siempre de alguna manera luego nos espera el océano allí al borde del rompiente a la bicicleta y a mí, allí donde nos tiramos sobre la yerba contra un poste con los libros. Ahí están los bordes de mi deseo, dentro de los bordes de los libros, en su dentro que anhelo, en sentarme frente al Atlántico a mirar hasta desgastarlo todo. Pero los comienzos andan creciéndose como comienzos y me dejan ver lo que me falta y las trampas de mantenerme a salvo que ando haciendo hace mucho. El deseo es siempre el riesgo de no alcanzar y el amor terrible y enganchador por ese riesgo y por el enganche amoroso a no llegar nunca. Por eso luego al lavar membrillos y sacarle la pectina a golpe de agua hirviendo a las pieles y a las semillas que no tienen gusano y cocer la pulpa en ese agua, dejar que me salpique luego la carne de membrillo azucarada cuando la muevo con la cuchara y me queme las manos porque sigo coleccionando cicatrices, sé que estoy dejando de hacer trampa, que de alguna manera al transformar todos esos kilos de fruta arrancada de su árbol en un potingue marrón que alguien se comerá con deleite estoy atreviéndome al riesgo, que de alguna manera ahora veo que sí que quiero intentar saber qué pasaría si estuviera de nuevo viva, igual que cuando pelé la fruta hasta encontrarle lo podrido o la exquisita tersura a las semillas sanas.
Nos queda toda la noche por delante, la noche del paciente desahuciado que no quiere que lo desahucien y se agarra a cualquier dolor insoportable y a cualquier pena por una boqueada más de Ausencia, de Falta, de Placer inalcanzable. Como todos. Nos queda por delante la noche del miedo ajeno, pero al menos yo he dejado de vivir dentro del libro amarillo y tengo todas esas canciones pop que hablan de la ausencia, de la falta, del placer que nos provoca todo ese dolor de no alcanzar lo inalcanzable.

domingo, octubre 20, 2013

Pantone 355

pantone 352
A veces el devenir te inflige sus actos de venganza quién sabe por qué razones. Otras veces decide darte asueto e incluso regalos, y aunque nos queda claro que hay que temerle a los regalos del devenir, que al fin y al cabo es un invasor, a quién no le gusta caminar un día y que todo se vaya convirtiendo en un escenario parecido a ése en el que Gene Kelly acompaña a Cyd Charise a ser sublime dentro de su vestido verde esmeralda. Alguien sueña muy lejos, en otro continente, que cambiante caminas por un monte lleno de verde y te lo cuenta. Decides estrenar en celebración de ese verde soñado mexicano una camiseta verde césped que compraste hace una semana y ese día te encuentres multiplicado el mismo verde a tu paso, como si le hubiesen encendido la alarma del verde a los asistentes invisibles del atrezzo universal. En el perchero de detrás de alguna puerta cuando la cierras hay un abrigo de entretiempo de ese verde; llegas de visita a una casa donde una madre y una hija llevan camiseta y blusa con ese exacto mismo verde; vas a tomar el té a otra casa: Alex se ha comprado un reloj de pulsera verde como el trigo verde y la hiedra de su jardín se deja incidir especialmente verde con la luz que atraviesa el nublado, los pastelitos de nata se posan sobre un plato verde; haces tu trayecto cotidiano hasta la casa de tus padres y al subir la bicicleta a la acera mugrienta te fijas por primera vez en un corazón pintado en el suelo con spray, sí, verde; en la casa tu hermano está jugando al Pro Evolution con una camiseta nueva de ese tu verde; en el telediario sale gente vestida de verde por la huelga de educación; te han traído de la tintorería el vestido verde yerba de Hoss Intropia que compraste en el verano; te pasan a buscar para ir a un concierto y los remates de la blusa de la que te abre la puerta del coche son verdes; el forro de terciopelo de la funda del instrumento del músico suizo, verde.
Los prodigios no se repiten, los prodigios son irreversibles y aún así no hay que abusar de ellos, hay que respirarlos y dejarlos marchar por su camino, que los asistentes invisibles del atrezzo universal recojan con sus carritos el despliegue y seguir hasta el otro día, el día siguiente en que no se repetirá ni una sola vez ningún rasgo de ese verde por el que alguien te soñó en otro continente.
El que soñó contigo te dijo: en el sueño la cambiante habla consigo, se consuela, se dice que no es necesario definirse ni reducirse. Es como si hubiera sido su enemiga y ya no. Llevo siendo enemiga del mundo y de mí misma tanto tiempo. Y ya no.

sábado, octubre 19, 2013

Me pongo estos zapatos porque son una declaración

Una noche en el descanso de un concierto que di en Madrid me presentaron de entre el público a un muchacho magnífico que me dio su tarjeta y me contó que diseñaba zapatos, que había montado una fábrica en China, así como quien te cuenta que el bacalao al pil pil le sale estupendo. También me dijo que le gustaban mucho los zapatos que yo llevaba, aquellos tacones color cereza que usaba sólo para cantar de los que me deshice luego, antes de irme a vivir a Paraguay. Volvimos a vernos algunas veces, pero eso es otra historia. Hace muchos años de esto y lo recuerdo con ese fulgor de las navidades pasadas, con esa bruma de cierta vida que a veces no sé si realmente tuve y que desde aquí se ve desenfocadamente mística. Hoy una amiga a la que conocí mucho después de aquella temporada de escenario me ha regalado unos zapatos de tacón de ésos que te pones cuando necesitas estar muy segura de lo que eres o al menos de un cacho de tu personalidad, en alguna de esas ocasiones en las que necesitas definirte con insistencia hasta llegar a convertirte en la definición; ese tipo de zapatos-estrategia que te pones para conquistar un terreno concreto y delimitado, una colina-propósito. La marca de los zapatos: la de aquel muchacho que me dijo hace muchos años que le había emocionado tanto tanto mi voz. Ahora cuando yo lleve sus zapatos también le deberé a él alguna emoción. Estamos a mano.

Much much safer in your castle, mine got lost somewhere

Hace noches que no duermo. (Así empezaba una canción que cantaba mi hermano pequeño cuando era pequeño. Yo últimamente siempre canto las mismas dos canciones. Debería existir un registro biográfico musical, el poder descriptivo del repeat o algo así se llamaría.) Dejo que el insomnio me tumbe y ni opongo resistencia, él como entidad abstracta que es siempre va a ser más poderoso que yo.
El Gato Calígula se enfada cuando me levanto por la noche y me pongo a escribir en la cocina. Curioso, si me quedo leyendo a Canetti en la cama como una enamorada tísica no se queja. Ahora anda tirando cosas por ahí dentro por los cuartos con su patita negra para expresar su descontento pero me puse los auriculares para escuchar mis dos canciones del momento y por mí como si arrastra con su rabia el reverbero de la abuela.
Quedarse despierta de madrugada tiene sus ventajas, algunas tienen que ver con los husos horarios: mi sobrina patagónica me dice con su vocecita tita, tita, qué linda estás, Javier Raya me habla a veces antes de irse a la calle peligrosa mexicana. El poder evocador de la voz. Ya he hablado de eso alguna vez, no abundaré sobre todo porque no soy capaz ya de tomarme en serio el conjuro verbal del sentimiento, basta ver esta descripción burocrática de algo que en alguna parte seguramente me conmoverá más de lo que mi ataraxia autoimpuesta podría admitir, así que prefiero la palabra escrita porque muerde más bajito y a veces hasta redime. Pocas veces, cierto, pero pocas veces ya es un a veces. Y ésa es otra de las ventajas de la madrugada, las horas quietas y ese silencio ensordecedor y único de las cuatro de la mañana, de justo antes de que el mundo empiece a despertarse con su obscenidad ruidosa y su falta de cuidado con los que nos hemos pasado la noche intentando hacer puzzles de palabras que quieran quedarse las unas al lado de las otras. El canto de esos pájaros cochinos significa que hay que cerrar el cuaderno y dejar a los muchachos del libro que no quiere escribirse solo dormir hasta mañana. Ojalá vinieran los pájaros con sus alitas a cerrarme a mí los ojos y dejarme también morir hasta mañana.

viernes, octubre 18, 2013

Mi corazón, ese conejo

Vengo al puerto deportivo y me siento en las gradas del anfiteatro. Dejo tirada en el suelo mi bicicleta que cada día parece más un insecto cibernético y asmático, un armatoste dejado atrás en una desbandada de algún apocalipsis futuro. Me quito las sandalias. Subo las piernas al cemento pintado de blanco. Se me apaga el móvil y me quedo sola frente al mar y frente a todo lo demás. Temo los meses por venir de no poder llevar las piernas desnudas al sol, la certeza del invierno y del encierro. Mi corazón, ese conejo. Mi corazón prisionero alborotado, apretujado y chiquito en su jaula se sosiega con la cualidad sonora de los cabos golpeados por el viento contra los mástiles; el sol y el agua contra los cascos de los barcos; el silencio al fin, lejos del aire ensuciado de palabras de las terrazas de los bares, llenos los domingos de gente que malbarata y prostituye el lenguaje en frases huecas, frases que si no fueran dichas no pasaría nada, frases que no podrían servir como famosa última frase. Y aquí sin embargo la soledad silenciosa se suspira de contento.
Pasan cosas. No sabes si tú las provocaste, pero te gusta pensar que no, que nacieron fuera de ti y que se fueron arrastrando y alargando y alcanzándote solas hasta llegar y chocar contigo, en ese estado gemelo, en esa longitud de onda idéntica y zumbante que viene cabalgándose desde otro lado del mundo. Universo, no seas equívoco. A veces nos gusta creer que nos merecemos la sincronía y la serendipia y los actos mágicos en la realidad. Quién quiere realidad si tiene que ser así de feamente real, falta de brillo y de cuerpos celestes que chocan contra tus horas. Como cuando el mar se pone de ese color blanco de plomo o mercurio líquido o directamente plata mexicana y el sol estalla en el cielo celeste y te deslumbra y te alegras de que sea aún el verano y de que te llegue el ruido de la rompiente y sepas clara y distintamente que eres la única que mira, que todo está actuando en su escenario para que tú lo veas. Así es este baile ciego que hace rato que veo avanzar en su contradanza. Así ese momento que llegará en el que ocuparé un rato el centro de mi propia pista, yo la voyeuse, yo la muchacha arrinconada, yo la Jo March de esto. Universo, ven a subir tus dedos por mis piernas.

jueves, octubre 17, 2013

Meeresstille und Glückliche Fahrt

Toda la vida he ido robando cosas; he entrado en huertos ajenos, buscando cosas que quisieran luego pertenecerme una vez arrancadas de su árbol primero. Libros ajenos, músicas ajenas, armarios ajenos, brazos ajenos. Y no es de urraca sino de madre solícita mi actitud, porque luego todo lo devuelvo, me quedo con el fulgor de haber poseído un rato algo y haberle dejado impregnado mi roce mi allure y seguir camino, las cosas en su árbol, perplejas de mí, yo rebuscando con los ojos a través de otras cancelas. No hay casa para mí porque no hay casa que yo haya construido, así es como es. Y las casas que construí son castillos españoles que no perdí porque al perderlos ellos mismos me dieron más: poder mirar de lejos y construirles la novelería alrededor, las hojitas del adorno.
Pero ya soy mayor: sólo me hago trenzas para dormir y no para ir a la calle. Ahora me tocaría a mí tener una casa y un jardín y que vinieran a robarme las manzanas. Ah, monstruosa.