viernes, octubre 18, 2013

Mi corazón, ese conejo

Vengo al puerto deportivo y me siento en las gradas del anfiteatro. Dejo tirada en el suelo mi bicicleta que cada día parece más un insecto cibernético y asmático, un armatoste dejado atrás en una desbandada de algún apocalipsis futuro. Me quito las sandalias. Subo las piernas al cemento pintado de blanco. Se me apaga el móvil y me quedo sola frente al mar y frente a todo lo demás. Temo los meses por venir de no poder llevar las piernas desnudas al sol, la certeza del invierno y del encierro. Mi corazón, ese conejo. Mi corazón prisionero alborotado, apretujado y chiquito en su jaula se sosiega con la cualidad sonora de los cabos golpeados por el viento contra los mástiles; el sol y el agua contra los cascos de los barcos; el silencio al fin, lejos del aire ensuciado de palabras de las terrazas de los bares, llenos los domingos de gente que malbarata y prostituye el lenguaje en frases huecas, frases que si no fueran dichas no pasaría nada, frases que no podrían servir como famosa última frase. Y aquí sin embargo la soledad silenciosa se suspira de contento.
Pasan cosas. No sabes si tú las provocaste, pero te gusta pensar que no, que nacieron fuera de ti y que se fueron arrastrando y alargando y alcanzándote solas hasta llegar y chocar contigo, en ese estado gemelo, en esa longitud de onda idéntica y zumbante que viene cabalgándose desde otro lado del mundo. Universo, no seas equívoco. A veces nos gusta creer que nos merecemos la sincronía y la serendipia y los actos mágicos en la realidad. Quién quiere realidad si tiene que ser así de feamente real, falta de brillo y de cuerpos celestes que chocan contra tus horas. Como cuando el mar se pone de ese color blanco de plomo o mercurio líquido o directamente plata mexicana y el sol estalla en el cielo celeste y te deslumbra y te alegras de que sea aún el verano y de que te llegue el ruido de la rompiente y sepas clara y distintamente que eres la única que mira, que todo está actuando en su escenario para que tú lo veas. Así es este baile ciego que hace rato que veo avanzar en su contradanza. Así ese momento que llegará en el que ocuparé un rato el centro de mi propia pista, yo la voyeuse, yo la muchacha arrinconada, yo la Jo March de esto. Universo, ven a subir tus dedos por mis piernas.

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