sábado, octubre 19, 2013

Much much safer in your castle, mine got lost somewhere

Hace noches que no duermo. (Así empezaba una canción que cantaba mi hermano pequeño cuando era pequeño. Yo últimamente siempre canto las mismas dos canciones. Debería existir un registro biográfico musical, el poder descriptivo del repeat o algo así se llamaría.) Dejo que el insomnio me tumbe y ni opongo resistencia, él como entidad abstracta que es siempre va a ser más poderoso que yo.
El Gato Calígula se enfada cuando me levanto por la noche y me pongo a escribir en la cocina. Curioso, si me quedo leyendo a Canetti en la cama como una enamorada tísica no se queja. Ahora anda tirando cosas por ahí dentro por los cuartos con su patita negra para expresar su descontento pero me puse los auriculares para escuchar mis dos canciones del momento y por mí como si arrastra con su rabia el reverbero de la abuela.
Quedarse despierta de madrugada tiene sus ventajas, algunas tienen que ver con los husos horarios: mi sobrina patagónica me dice con su vocecita tita, tita, qué linda estás, Javier Raya me habla a veces antes de irse a la calle peligrosa mexicana. El poder evocador de la voz. Ya he hablado de eso alguna vez, no abundaré sobre todo porque no soy capaz ya de tomarme en serio el conjuro verbal del sentimiento, basta ver esta descripción burocrática de algo que en alguna parte seguramente me conmoverá más de lo que mi ataraxia autoimpuesta podría admitir, así que prefiero la palabra escrita porque muerde más bajito y a veces hasta redime. Pocas veces, cierto, pero pocas veces ya es un a veces. Y ésa es otra de las ventajas de la madrugada, las horas quietas y ese silencio ensordecedor y único de las cuatro de la mañana, de justo antes de que el mundo empiece a despertarse con su obscenidad ruidosa y su falta de cuidado con los que nos hemos pasado la noche intentando hacer puzzles de palabras que quieran quedarse las unas al lado de las otras. El canto de esos pájaros cochinos significa que hay que cerrar el cuaderno y dejar a los muchachos del libro que no quiere escribirse solo dormir hasta mañana. Ojalá vinieran los pájaros con sus alitas a cerrarme a mí los ojos y dejarme también morir hasta mañana.

No hay comentarios: