sábado, noviembre 23, 2013

May all rush intruder disturb their soft hours


Alejandria

Como has destruido aquí tu vida,
en esta angosta esquina de la tierra,
así la has destruido en todo el mundo.

A veces vienen a buscarme desde lejos los afectos que dejé y a veces llegan a tiempo y a veces me rescatan y a veces me recuerdan mis hermosos desastres y mis remansos prestados, mi tiempo en las orillas ajenas, mi momento artificial de salvaguarda entre las plumas de las madres que el mundo me prestó. Algo pasa que en los últimos días dos madres me han venido a acomodar el pelo y a alisarme la falda y decirme lo bonita y lo mansa que soy por dentro y lo fiera y temible que soy por fuera. Si la paz no fuera para mí como en la canción de Strauss el equivalente de la muerte, cómo me habría quedado en algunos desiertos sociales con los que me han querido y me han dejado hurgarles las cocinas y extender manteles sobre sus mesas. Heme aquí de nuevo tirada en el suelo de la ciudad esperando que me pasen coches por lo alto, esperando chocarme las rodillas en los bolardos de la casualidad. Es mi hambre de extraordinarios la que nunca me deja vivir, es mi amarre a la literatura el que me trastoca esa vida posible de ganchitos en el pelo, siempre tengo que andar desbocada y volver a casa despeinada después de los trajines. Qué candor decir trajines cuando mis trajines son tan de Nada, tan de mirar la ciudad y participarle en sus historias de través, tan de cronista que busca carnecita para su crónica en los bares, los teatros, los conciertos, esas calles cochambrosas. Ain't it sweet, mi pretensión? Deseo coleccionar ese hambre de ir contra lo sucio, contra lo estipulado, coleccionar esa necesidad de salirse del camino o morirse de la pena. Porque deseo siempre un torcimiento en lo real, un quiebre, el accidente que todo lo trastoque un rato, porque quiero coleccionar siempre ratitos trastocados. 

domingo, noviembre 17, 2013

Soy el Robert Walser de esta ciudad cochina

Sagasta bajo la lluvia, cruzo Bilbao, llego a De Ruiz. No entro en el bar, me quedo al lado de la puerta, apoyada en la pared mientras me sigo mojando y no por pose dramática sino por pararme un rato a pensar que estoy en Madrid y que me he caminado Sagasta bajo la lluvia y he pasado por la calle Covarrubias, que Madrid era esto, ésa su intelligentzia grasienta aparcada en las buhardillas de Luchana pretendiendo ser decadencia francesa pero no se puede, señores. Y no es esto de lo que quería hablar sino de empezar el día caminando por Sagasta, o de caminar luego bajo más lluvia con Bea de la cintura Carranza Alberto Aguilera La Palma Conde Duque o por la noche a ritmo de largheto Bravo Murillo Fuencarral Sagasta, la luna arriba y Alonso Martínez con sus patillas tan solo y tan tieso, esa fealdad de pedernal tan madrileña dejándome sitio el domingo por la noche para marcar el ritmo lento sobre las calles llenas de basura sin recoger, Madrid siendo por una vez sí mismo sin ínfula, yo también, en regocijo Madrid y yo, sabiendo cosas, sopesando lo perdido y lo ganado en la partida, agolpándose lento el significado en el silencio lento de abrocharse lento la camisa equivocada. En Sancho Dávila un perro asomado a la ventana me mira pasar. La calle Arenal me deja espacio para pensar (qué vicio pensar) y acordarme de muchas otras noches antiguas en las que salí a pasear por Madrid, espiando las ventanas y ensanchando el paseo en la soledad protegida por la certeza de que nada malo nunca te va a pasar en esta ciudad tan mesa camilla, tan generosa en su chocolate espeso para los tristes. Podría recorrerme Madrid entero esta noche con las manos en los bolsillos, sorteando toda esa basura reconciliadora, escuchando cómo van recuperando mis botas su derecho de suelo, canturreando el Both sides now, sabiendo sabiendo cosas sin tener ni que pensarlas.