sábado, noviembre 23, 2013

May all rush intruder disturb their soft hours


Alejandria

Como has destruido aquí tu vida,
en esta angosta esquina de la tierra,
así la has destruido en todo el mundo.

A veces vienen a buscarme desde lejos los afectos que dejé y a veces llegan a tiempo y a veces me rescatan y a veces me recuerdan mis hermosos desastres y mis remansos prestados, mi tiempo en las orillas ajenas, mi momento artificial de salvaguarda entre las plumas de las madres que el mundo me prestó. Algo pasa que en los últimos días dos madres me han venido a acomodar el pelo y a alisarme la falda y decirme lo bonita y lo mansa que soy por dentro y lo fiera y temible que soy por fuera. Si la paz no fuera para mí como en la canción de Strauss el equivalente de la muerte, cómo me habría quedado en algunos desiertos sociales con los que me han querido y me han dejado hurgarles las cocinas y extender manteles sobre sus mesas. Heme aquí de nuevo tirada en el suelo de la ciudad esperando que me pasen coches por lo alto, esperando chocarme las rodillas en los bolardos de la casualidad. Es mi hambre de extraordinarios la que nunca me deja vivir, es mi amarre a la literatura el que me trastoca esa vida posible de ganchitos en el pelo, siempre tengo que andar desbocada y volver a casa despeinada después de los trajines. Qué candor decir trajines cuando mis trajines son tan de Nada, tan de mirar la ciudad y participarle en sus historias de través, tan de cronista que busca carnecita para su crónica en los bares, los teatros, los conciertos, esas calles cochambrosas. Ain't it sweet, mi pretensión? Deseo coleccionar ese hambre de ir contra lo sucio, contra lo estipulado, coleccionar esa necesidad de salirse del camino o morirse de la pena. Porque deseo siempre un torcimiento en lo real, un quiebre, el accidente que todo lo trastoque un rato, porque quiero coleccionar siempre ratitos trastocados. 

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Hermosísimo.

Anónimo dijo...

No te calles, por favor