domingo, noviembre 17, 2013

Soy el Robert Walser de esta ciudad cochina

Sagasta bajo la lluvia, cruzo Bilbao, llego a De Ruiz. No entro en el bar, me quedo al lado de la puerta, apoyada en la pared mientras me sigo mojando y no por pose dramática sino por pararme un rato a pensar que estoy en Madrid y que me he caminado Sagasta bajo la lluvia y he pasado por la calle Covarrubias, que Madrid era esto, ésa su intelligentzia grasienta aparcada en las buhardillas de Luchana pretendiendo ser decadencia francesa pero no se puede, señores. Y no es esto de lo que quería hablar sino de empezar el día caminando por Sagasta, o de caminar luego bajo más lluvia con Bea de la cintura Carranza Alberto Aguilera La Palma Conde Duque o por la noche a ritmo de largheto Bravo Murillo Fuencarral Sagasta, la luna arriba y Alonso Martínez con sus patillas tan solo y tan tieso, esa fealdad de pedernal tan madrileña dejándome sitio el domingo por la noche para marcar el ritmo lento sobre las calles llenas de basura sin recoger, Madrid siendo por una vez sí mismo sin ínfula, yo también, en regocijo Madrid y yo, sabiendo cosas, sopesando lo perdido y lo ganado en la partida, agolpándose lento el significado en el silencio lento de abrocharse lento la camisa equivocada. En Sancho Dávila un perro asomado a la ventana me mira pasar. La calle Arenal me deja espacio para pensar (qué vicio pensar) y acordarme de muchas otras noches antiguas en las que salí a pasear por Madrid, espiando las ventanas y ensanchando el paseo en la soledad protegida por la certeza de que nada malo nunca te va a pasar en esta ciudad tan mesa camilla, tan generosa en su chocolate espeso para los tristes. Podría recorrerme Madrid entero esta noche con las manos en los bolsillos, sorteando toda esa basura reconciliadora, escuchando cómo van recuperando mis botas su derecho de suelo, canturreando el Both sides now, sabiendo sabiendo cosas sin tener ni que pensarlas.

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